La educación y la pedagogía libertaria
fueron vistas por la mayoría de los precursores y militantes libertarios,
a lo largo del siglo XIX y el XX, como un factor potencial para la transformación
social. Un medio real para la liberación de la opresión y la alienación
cotidiana del sistema capitalista, de los hombres. Tales ideas fueron heredadas
de la Filosofía de la Ilustración y de los socialistas utópicos.
Ciertamente
esta pedagogía comenzó a tener como premisa la liberación
y toma de conciencia de la explotación y la dominación en este mundo
del hombre por el hombre, mediante la crítica a la educación religiosa
y a la estatal. Ambas -por diferentes razones- impiden que las personas logren
un pensamiento crítico, capaz de alterar la inmutable reproducción
de las relaciones sociales y posibilitar la transformación social. Partieron
así de la idea de que el educando -niño, joven o adulto, hombre
o mujer- no pertenece o es propiedad de ninguna persona, institución estatal
o religiosa, que por medio de la coacción y la imposición de ciertos
saberes y prácticas cotidianas de trabajo escolar pueden deformar
su
alma, sus pensamientos y su propia libertad, con el objetivo de crear máquinas
o autómatas en vez de personas libres.